
Al igual que todos, yo siempre pido deseos cuando toca pedirlos. Y al igual que a todos, nunca se me cumplen. A veces pienso que solo por pedir algo ya no se va a cumplir, y es que nunca se me ha cumplido nada que haya deseado.
No es que pida nada imposible. No pido tener poderes mágicos, ni poder volar; eso sería de niños; tampoco pido cosas reales pero poco probables como puede ser que me toque la lotería o casarme con alguien famoso y millonario.
Pido cosas normales, de todos los días, para mí y los demás en general. Pero si alguna vez pido algo más concreto, aunque no sea algo imposible, no se cumple.
Pedimos deseos al soplar la tarta de cumpleaños, en San Juan, cuando vemos una estrella fugaz, en iglesias que entramos por primera vez, en lugares típicos como es la Fontana di Trevi o en mensajes que nos envían al correo electrónico de esos de que si los pasas se te cumplirá un deseo (y si no los pasas pasará todo lo contrario a lo que deseas).
Sea como sea, al final todos terminamos pidiendo lo mismo: amor, dinero, trabajo… y los que ya tienen todo eso, o al menos tienen amor y trabajo, piden salud. A no ser que tengan alguna enfermedad, claro está.
La razón por la que no se cumplen es porque pedimos cosas que anhelamos y sabemos que no podemos tener, porque si lo pudiésemos tener, no lo pediríamos. Pero bueno, eso son los deseos, ¿verdad?
Tal vez nadie crea en que si hecha una moneda a una fuente, salta unas olas, sople unas velas o envíe un correo, se le vaya a cumplir un deseo, pero eso no es lo que importa. Lo que importa es la esperanza o la ilusión que crea pedirlo. Porque aunque no te lo creas, solo pedirlo ya es creer mínimamente, sino, no lo pedirías. Y si intentarlo es gratis,… pidamos deseos.