domingo, 27 de septiembre de 2009

DiferenTe

Sé que la rutina aburre. Ir a clase todos los días, en verano trabajar y los fines de semana salir con las mismas personas a los mismos sitios no es algo que digamos “emocionante”. Más o menos esta que he dicho es… o era mi vida, a excepción de algún viajecito de vez en cuando o alguna actividad fuera de la ruina. No hay más.
Pero ahora algo ha cambiado, por no decir todo. Durante los últimos años he sido una persona bastante pesimista, que lo veía todo gris y simplemente vivía esperando a que pasase el “ahora” porque esperaba un “después” maravilloso. Me iba un domingo por la noche a Murcia (donde estudio) y ya estaba deseando que fuera viernes para volver a mi casa. Odiaba Murcia, odiaba los murcianos y odiaba todo lo relacionado con ese lugar, yo solo iba a estudiar y a volver a casa cuanto antes.
Pero entonces todo cambió de repente. Hace unos meses me dí cuenta de que este sería mi último año como estudiante, y me propuse tomármelo con entusiasmo. Último año para conocer bien a esos compañeros a los que siempre he ignorado, último año para vivir con compañeras de piso, último año para aprender lo que siempre he querido ser. Empecé a ser realista, Murcia no era una ciudad tan fea como siempre me había parecido y algunos de los compañeros eran verdaderamente simpáticos. Simplemente yo no lo había querido ver.
Manteniendo este hecho aparte, he de decir que en el último mes han pasado cosas extrañas, mas bien cosas de esas que sabes que pasarán algún día, pero que no crees que vayan a pasar hoy. Simplemente las mantienes ahí, en tu mente, esperándolas.
Lo que pasa es que ahora esas cosas que esperaba que pasasen algún día, han pasado todas juntas a la vez. Y eso sin contar cosas extrañas y coincidencias extraordinarias que son tan irreales que solo pueden ser obra del destino. Cosas por las que antes hubiese estado triste, ahora no lo hacen, incluso me alegran … siento que todo ha cambiado. ¿Para bien?, no lo sé. Pero a mi todo me parece mejor.
Pero volviendo al tema de Murcia, admito que debo una disculpa a la ciudad, a la gente, a toda esa tierra en general; no por haberle hecho nada, sino por haberla despreciado dentro de mí a gran nivel. Sé que para mí Murcia no es una ciudad bonita, continúa sin gustarme, pero tampoco es tan fea como me hacía creer. En cuanto a la gente, he de decir que muy pocos murcianos me caen bien, he de destacar su egoísmo y prepotencia , su chulería y su forma de hablar de “yo lo sé todo y tú cállate”. Pero admito que no son todos, y que al fin y al cabo tienen su “don de gente”, incluyendo el hecho de que me doy cuenta de que muchos valencianos tampoco me caen bien, e incluso pueden llegar a tener muchos mas defectos que los murcianos.
De todas formas sé que cuando me vaya para no volver, algo echaré de menos… aún no sé que será, pero algo. Seguro.